BRA_La arquitectura brasileña

Brasil es un enorme y maravilloso país donde algunas de sus playas, paisajes, y ritmos musicales son un icono en el mundo entero. Pero existe otra parte no menos importante, su imponente arquitectura.

Los primeros portugueses llegaron a Brasil en el s. XVI, y una de sus preocupaciones más grandes fue la de asegurar la propiedad del territorio, para lo que construyeron fortalezas y santuarios religiosos. Buen ejemplo de esta época son el Fuerte de Santo Antonio da Barra, en Salvador. Fue el primero en ser construido para la defensa de la ciudad en el año 1583. O el Castillo García D’Ávila del siglo XVI, en Praia do Forte, que es la única construcción con características medievales de toda América y jugó un papel crucial en la defensa de la costa brasileña.

Una vez ya asentados los portugueses, surgió la arquitectura colonial. Una arquitectura extranjera adaptada a los medios y a la climatología del país. En un principio sus fachadas eran blancas, con colores brillantes utilizados sólo en los marcos de las ventanas y puertas. Los jesuitas, franciscanos, carmelitas y benedictinos trajeron a Brasil las últimas tendencias artísticas de Europa, principalmente el Barroco y Rococó. Y la sofisticación en el arte, la arquitectura y la decoración se prodigaron en iglesias, conventos y monasterios. Sobretodo en Salvador de Bahía, que fue la primera capital de Brasil desde 1549 hasta 1763. Las distintas órdenes religiosas y las familias más acaudaladas e influyentes, levantaron en el Pelourinho los más bellos edificios barrocos de Brasil. Actualmente posee la mayor concentración de arquitectura colonial de América del Sur, y fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1985. Imprescindible pasear por sus callejuelas adoquinadas, por el Largo Terreiro y por la Praça Tomé de Sousa. Y visitar su pequeña iglesia de la Orden Tercera de San Francisco, de estilo Plateresco; y la Igreja e Convento de São Francisco, con su deslumbrante interior cargado de oro.

También es destacable por su belleza la arquitectura colonial de Paraty en Río de Janeiro.

El comienzo del s. XIX trajo un cambio importante a la historia de la arquitectura brasileña. Cuando Napoleón invadió Portugal en 1808, la realeza portuguesa acompañada de numerosas familias nobles huyó a Río de Janeiro, trayendo consigo su propia visión estética de la arquitectura. Era la época de el neoclasicismo, en el que los edificios públicos e iglesias comenzaron a parecerse a los antiguos templos griegos. En Río de Janeiro hay muchos ejemplos de este estilo, como el Museo Nacional y la Santa Casa de la Misericordia.

A principios del s. XX una nueva armonía de diferentes estilos ganaron popularidad, bajo la influencia de París y de la Belle Époque. El Teatro Amazonas de Manaos, llamado la joya de la selva de la Belle Epoque, fue construido en 1896 como una miniatura tropical de La Scala de Milán. Y el Elevador Lacerda, que es una obra maestra del Art Déco, fue el primer elevador público del mundo y conecta la ciudad alta con la baja de Salvador de Bahía.

A estos estilos le siguieron el Neocolonial, que buscaba su verdadero estilo brasileño en el pasado; y el el Modernismo brasileño, que miraba hacia el futuro. Del modernismo brasileño, no te puedes perder los impresionantes edificios de Brasilia del gran arquitecto Oscar Niemeyer.

Por cierto, una de las construcciones más famosas y orgullo de todos los brasileños, es el Cristo Redentor, situado en la cima del cerro Corcovado, es un símbolo de amor y una llamada a la fraternidad. Además es parte de las nuevas 7 maravillas del mundo moderno.

 

 

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