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El Sáhara parece haber estado siempre ahí. Esta porción de tierra cubierta de dunas de arena rojiza permanece imperturbable al paso del tiempo, reafirmando la naturaleza en su estado más primigenio, sin dejar que el ser humano ponga sus pies y sus manos sobre él excepto en contados oasis. El resto es todo suyo. Una increíble experiencia para un viaje que tardará años en desaparecer de las pupilas y las memorias de los viajeros que se adentren en él.

Al sur del Túnez más occidental, como frontera con el desierto, la arcilla agrietada de Chott el Jerid se derrama a lo largo de más de 100 kilómetros. Con el paso del tiempo, algunas de las fuentes que se encontraban en esta zona se convirtieron en ríos y, gracias a la ayuda de los hombres, en las más caudalosas y cercanas a las montañas áridas, aparecieron asentamientos, como el oasis de Chebika, rodeado de la vegetación característica de estas zonas. La ciudad de Douz, justo en la frontera con el desierto, parece querer luchar contra las dunas, mientras los dromedarios esperan a los turistas para una aventura que no olvidarán.

Casi sobre el Mediterráneo, la región de Tataouine está atravesada de mesetas desérticas repletas de valles en cuyas paredes cuelgan, literalmente, algunos pueblos, como el de Toujane. Más al norte, las viviendas escarbadas en la roca en torno a Matmata¡ y su extraño decorado. Habitaciones y viviendas enteras excavadas en el subsuelo, que parecen amontonarse las unas sobre las otras en un increíble laberinto de pasadizos y escaleras imposibles.

Más al sur, la fuente de Ksar Ghilane deja oír un escaso murmullo entre las voces de la agitación que reina a su alrededor. Un pueblo blanco de distribución casi militar da la bienvenida al viajero como una etapa obligatoria para todo aquel que quiera estar cara a cara con el desierto. Este antaño cuartel domina las dunas y servía para resguardar sus bienes de las frecuentes razias de la época. Hoy, sirve, para muchos, de primer contacto con el Sáhara, ya sea para entrar en contacto con uno mismo o como principio de una aventura. En cualquier caso, no se vuelve igual del Ksar Ghilane.

Pero no sólo de arena y rocas vive el bereber. El inmenso palmeral de Touzeur, uno de los más grande del país, es también el más apreciado en esta región dedicada casi únicamente al cultivo del dátil. Es un verdadero remanso de paz y tranquilidad vegetal, regada por el agua que la recorre. Aunque para recorrer las montañas al norte de la región, lo mejor es hacerlo en tren. Este tren de madera, llamado Le Lézard Rouge, serpentea entre las gargantas del oued Seldja y permite contemplar paisajes soleados en increíbles barrancos, retrocediendo hasta principios del siglo XX.

 

Para pasar la noche: El atardecer y el amanecer en el desierto son los dos grandes momentos del día. Y, entre ambos, la noche estrellada en una jaima, con los bereberes como anfitriones. De estancias las hay para todos los gustos y bolsillos. Siempre depende de lo espectacular de la oferta.

“Los hoteles IBEROSTAR Hotels & Resorts en Túnez ofrecen unas vacaciones tranquilas junto al Sáhara o aventureras a partes iguales, siempre con el mayor confort y los servicios más completos para que el cliente disfrute al máximo de su estancia en Túnez.”