Llovía sin piedad sobre Santo Domingo. Las calles adoquinadas de la zona colonial, que bajo el calor del sol debían atraer a decenas de turistas se hallaban plagadas de charcos y los guías turísticos, sin presas aparentes, se dedicaban a jugar al dominó en improvisadas mesas bajo los soportales. En la calle los artistas de El Conde, la calle peatonal principal que cruza todo el casco viejo de la ciudad, se afanaban en tapar sus creaciones con variado éxito entre capas de plásticos que el viento se empeñaba en descolocar.

Con tanta tormenta no había nada que hacer, salvoresguardarse y esperar a que amainara. Qué mejor que a llenar el buche en alguno de los locales de la zona. Zona de enorme importancia histórica. Santo Domingo fue la primera colonia que funcionó en la Isla de la Española (que ahora comparte la República Dominicana y Haití), cuando llegaron los conquistadores españoles al nuevo mundo. No tuvo una historia fácil, tomada por piratas y bucaneros, flotas de ingleses y reclamada por esclavos sublevados. Allí se declaró su independencia.

Nada de esos capítulos de historia parecían reflejarse en las caras de los habitantes, tan tranquilos y relajados que parece imposible pensar que allí hubiera pasado alguna vez algo. Así que pasado el pensamiento fugaz de lo que aquellas calles podrían haber albergado, no quedaba sino rendirse al embrujo local y echarse un café, un batido de fruta picada, un refresco, un jugo, un ponche de frutas, limonada, un ron, una empanada o un pastelito, algo de marisco o pescado, arroz y habichuelas… ¿De qué hablábamos?

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