Iglesia de Nuestro Señor de Bonfim

Aunque podía entenderlo, había algo muy tétrico en la pequeña capilla de la Iglesia de Nuestro Señor de Bonfim. Las paredes estaban cubiertas por un montón de fotos entre las que se mezclaban heridas, llagas, piernas hinchadas, puntos de sutura, labios amoratados… junto con gente sonriente, cartas de agradecimiento, carnets de identidad… Del techo, además, colgaban centenares de prótesis, brazos, pies manos… e incluso muñecos de bebes. ¿Podía ser más extraño?

Supongo que sí. Siempre. Pero era de los más perturbador y sin embargo, era lo que atraía a mucha gente en muchos kilómetros a la redonda a la Iglesia de Nuestro Señor de Bonfim. Sus supuestos milagros. Los enfermos llevaban allí su fotos, sus informes médicos, con la esperanza de ser curados. Así mismo, si la dolencia era en un pulmón, o en el corazón, se llevaba uno de plástico para añadirlo a la decoración. Si a la familia acaba de llegar un recién nacido, se llevaba una foto en busca de bendición, o si te casabas, también llevabas tu foto para contar con el beneplácito del Santo señor. Así que acababa siendo un batiburrillo de los más dispar y de lo más contrastado.

Ignorando esta pequeña capilla (aunque no se debería), la iglesia de corte barroco, ya bastaría para atraer a un montón de curiosos, pero desde fuera, lo que más llamaba la atención eran las tupidas vallas, decoradas con decenas de miles de pequeñas pulseritas de tela que se ataban las unas a las otras. Una manera más de que te alcance la buenaventura y además, hacerlo de una manera visualmente encantadora. Misticismo, arte y cultura popular todo en el mismo sitio. Al ladito de Salvador de Bahía. Visita obligatoria.

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