El sol lanzaba sus últimos rayos sobre la playa, casi vacía de Isla Mujeres, avanzando hacia Cancún, perdido en el horizonte. Los últimos locales aprovechaban estos minutos de luz, lejos del abrasador calor del día para jugar al fútbol playa. Enfrentado a la megaurbe turística de Cancún, Isla Mujeres era muchísimo más relajada.

De hecho es uno de sus principales alicientes. Escaparse a golpe de cuarenta y cinco minutos de ferry a una isla que puede recorrerse en bicicleta en menos de un día, llena de rincones, lagunas interiores y playas que conservan el azul del Caribe, con la mitad de gente. Hamacas con coco y un buen libro bajo las palmeras, punto de paso de delfines, tortugas y los siempre esquivos tiburones ballena. El lugar perfecto para perder el tiempo.

Por eso disfrutaba tanto de esas siluetas corriendo tras un balón que se recortaban contra los colores del atardecer. Porque había llegado a ese punto de calma total en el que podía tener el tiempo de ver al sol desaparecer, ver a Cancún encenderse y pensar que no cambiaría de orilla por nada del mundo.

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