Pelourinho, el casco histórico de Salvador de Bahía, mantenía perfectamente su encanto, aunque con la evidente carga turística que le confería el ser el auténtico reclamo de la ciudad. Sí, también tiene playas, pero hay que irse lejos del la zona central para encontrarlas grandes y decentes. Así que, a efectos prácticos, las coloridas casas coloniales y las calles empedradas eran lo más vistoso. Claro que con las hordas turísticas alrededor, también era de lo más previsible. Salvando los edificios históricos, muchos de los cuales son imprescindibles, el resto eran restaurantes, bares, tiendas de souvenires, alojamientos, agencias de viaje, y escuelas de samba o capoeira, vamos… un parque temático.

Quizás por eso me sorprendió tanto, encontrarme a breves pasos del centro, en la periferia de Pelourihno, esta tienda perdida, hecha de recuerdos antiguos, vinilos, piezas de repuesto de máquinas que ya casi no existen, esculturas, libros que se desmenuzaban al tacto, cuadros, fotos casi borradas de gente de otros tiempos en un difuminado blanco y negro. Era como entrar en un desván, pero abierto al público. Casi nadie se acercaba por allí, por lo que el dueño, se entretuvo en saber de mi sin intentar venderme nada. Me dio algunos consejos para la ciudad y volvió a su faena de clasificar lo inclasificable y ordenar sin orden, mientras me permitió vagar sin rumbo y con la cámara en mano, por sus múltiples estancias.

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