Con su música crecí y posiblemente sea, en parte, responsable del espíritu viajero que me mueve hoy día. Escuchar las canciones de Franco Battiato era, para mi, transportarme a un sinfín de mundos desconocidos: Bulgaria, Venecia, Turquía, China… y recurrentemente, al desierto.

Y es que los temas de este artista italiano, nacido en Sicilia en el año 1945, son capaces de transmitir imágenes tan surrealistas como evocadoras. Las melodías de sus canciones aúnan magistralmente elementos electrónicos con música étnica e incluso clásica, y consagran a Battiato como un avanzado de su época, al que nadie ha sido capaz de imitar.

Debido a la cercanía de su isla natal con el norte de África, resulta comprensible que muchas de sus letras hagan referencia al mundo árabe. Sobre todo a Túnez, un país que el siciliano demuestra conocer muy bien.

Uno de los mejores ejemplos lo tenemos en I treni di Tozeur (Los trenes de Tozeur), tema elegido por Battiato para representar a su país junto a la también artista italiana Alice en el festival de Eurovision de 1984, y considerada una de las canciones más emblemáticas de la música italiana de las últimas décadas.

En ella nos habla de la famosa línea férrea construida a principios del siglo XX por el estado francés como regalo al Bey de Túnez, cuando el país todavía formaba parte de su protectorado. La línea, cuya construcción costó vidas humanas además de grandes cantidades de dinero, unía Metlaoui con Tozeur, atravesando en su camino la garganta del Seldja.

Cuando en 1957 Túnez se convirtió en República independiente, el popularmente conocido como Lagarto Rojo por el color de sus vagones fue considerado un símbolo colonial y relegado al olvido durante años. Afortunadamente, en 1975 las autoridades tunecinas decidieron restaurarlo y devolverle el esplendor de antaño.

Hoy el Lagarto Rojo vuelve a serpentear por los estrechos pasajes del Seldja, uniendo las localidades de Metlaoui y Redeyef, y constituyendo una de las atracciones más famosas del país. Durante el trayecto el tren hace varias paradas para facilitar la toma de fotografías de los espectaculares paisajes, a los que resulta imposible acceder de otra forma.

Pero nuestro viaje no será el mismo si no lo finalizamos en Tozeur, legendaria ciudad antaño parada obligada de las caravanas que se dirigían al desierto, y en cuyo oasis de miles de palmeras se dice que brotan los dátiles más sabrosos del mundo. Un paseo por las callejuelas de su medina bastará para enamorarnos, y con una visita al lago de sal de Chott El Djerid quedaremos hechizados para siempre.

¿No sabéis dónde alojaros en Tozeur? Qué mejor que elegir el Iberostar Palmyre, el hotel de 4 estrellas con el que Iberostar Hotels & Resorts cuenta en Túnez para acercaros a la magia del desierto del Sáhara.

 

Foto | Kamil Porembinski