Las cataratas de Dunn

Las indicaciones estaban clarísimas: “Aunque paguen ustedes la entrada, si escalan las cataratas lo hacen bajo su cuenta y riesgo”, pero claro, a pesar de la amenaza de acabar golpeado por el agua contra las rocas y ser uno de los múltiples visitantes que acaban con alguna que otra herida en la piel, no me había cruzado el Norte de Jamaica para ser un mero espectador. Las cataratas de Dunn me estaban esperando. No habría yo de ser menos que la mayoría de los que las disfrutaban.

Porque si había todo tipo de personas que las subían, no podría ser tan difícil, ¿o sí? Si bien es cierto que los Jamaicanos en su mayoría eran bastante más atléticos que mi rechoncha figura, también había quien entrado en carnes, se afanaba por completarlo. Otros vendían zapatillas con suelo rugoso para ganar adherencia sobre las rocas húmedas, cubiertas de musgo y líquenes. Pardiez. Ni Indiana Jones. ¡Qué viva la insensatez!

Y ciertamente no fue tan complicado. Si se iba con cuidadín, saltando de poza en poza y tanteando bajo las aguas los escalones que naturalmente se habían ido creando, se podía ir subiendo sin demasiada complicación. Y si no, se paraba uno, se detenía buscando la ruta que más aconsejaban los sentidos. Y siempre había una mano amiga que se te tendía para ayudarte a subir ese último peldaño, que se resistía un poco más.

Un consejo. No tengas prisa por llegar a la cima. Lo más divertido viene en el proceso, deteniéndote entre charca y charca. Aprovechando los hidromasajes y riéndote con el personal.