Jamaica y sus mercados.

El mercado de Falmouth era caótico. Mucho. Siguiendo la tónica general de las calles de Jamaica, donde se entremezcla gente en todas direcciones, con vehículos, ruido y música a altas temperaturas caribeñas, elevadas unos grados de más por el perpendicular sol de mediodía.

Cualquier lugar era bueno para montar un puesto. Bastaba con arrimar el coche, extender un prehistórico toldo, abrir el maletero del coche, furgoneta o “vehículo” y dejar a la vista la mercancía que había en el interior, generalmente frutas y verduras, cuya irregular forma no solía ser impedimento para que alguno de los comerciantes, presa de las altas temperatauras, se echara una siestecita sobre ellas.

Pero los mercados, bullen con carros de madera que vieron hace ya demasiados años tiempos mejores, transportando mercancía de un lado a otro o haciendo las veces de puesto para los que no tienen la suerte de tener un trozo de chapa oxidado con motor al que llamar coche. Aún así, reina el buen humor y aunque no suele ser común ver a un no local por ahí, la mayoría se toma la visita con curiosidad. Cuesta arrancarles una sonrisa, pero tampoco es misión imposible.

A veces basta con sacar la cámara, así fue como el pequeño vendedor abrió los ojos como platos para pedirme solo con la mirada una foto. Y ante tal entusiasmo contenido por su parte, ¿quién era yo para negarme?